A lo largo de mucho tiempo hemos estado
acostumbrados a considerar a alguien inteligente según su puntuación en el Cociente Intelectual (CI). Así, se habla de una única inteligencia innata que la tienes o no
la tienes. Lo curioso es que muchas de las personas con un CI alto carecen, sin
embargo, de otras muchas habilidades de verdadera utilidad tanto en el ámbito personal como el profesional.
Nuestra educación ha estado dirigida a tener en cuenta sólo el CI. Si tuvieramos en cuenta estas capacidades y habilidades los
niños serían más felices y se desarrollarían más plenamente.
En un estudio del Instituto Carnegie de
Tecnología, analizando el caso
de diez mil personas, informaba que el 15% del éxito se debe a la experiencia técnica, y el 85 por ciento a las cualidades
personales: conducta, integridad, observación,
imaginación creadora, decisión, adaptabilidad, dirección, habilidad organizativa, expresión, conocimiento. Tales cualidades son
necesarias para el buen éxito en cualquier actividad o área de la vida, no solamente en el área
profesional.Y aquí
es donde entra en
juego nuestra Inteligencia emocional.
La Inteligencia emocional hace referencia a
los procesos implicados en el reconocimiento, uso, comprensión, manejo de los estados emocionales de uno
mismo y de otros para resolver problemas y regular la conducta. Dicho con otras
palabras, es la capacidad de la personas para razonar sobre las emociones
propias, ajenas y procesar la información emocional para aumentar el razonamiento.
Te puedes estar preguntando, ¿Qué es actuar de manera emocionalmente inteligente?
Actuamos emocionalmente inteligente cuando
escuchamos el mensaje que contienen nuestras emociones y no tratamos de luchar
contra ellas cuando estas resultan molestas. Cuando nos damos cuenta de esto,
es cuando podemos empezar a tomar las riendas de nuestra vida y, aunque no
podamos cambiar factores externos a nuestro alrededor, si que tenemos el poder
de decidir cómo nos afectan emocionalmente aprendiendo a gestionar nuestras
emociones y elegir nuestras decisiones. Esto no es un trabajo fácil, porque aunque en nosotros está el poder, en nosotros también está la RESPONSABILIDAD de
decidir y aceptar dichas obligaciones.
Las emociones nos aportan información sobre nuestro estado interior y nos
permiten mostrar al mundo cuál es nuestro estado, nuestras necesidades, metas y deseos. Las
respuestas ante estas señales que nos envían nuestras emociones son importantes, ya
que no siempre corregimos lo que está
mal.
Para llevar a cabo el proceso básico del conocimiento de nuestras emociones
y, con ello, el desarrollo de la inteligencia emocional, según el modelo de Greenberg está compuesto por los siguientes pasos:
- Ser conscientes de nuestras emociones: prestar atención a lo que sentimos y encontrar una forma de describirlas.
- Darle la bienvenida a nuestras experiencias emocionales: no tratar de evitarla o desviarnos de ella, hay que tener en cuenta que reconocerla implica una OPORTUNIDAD para recoger información que tiene que ver con lo que es importante para nuestro bienestar.
- Describir las emociones con palabras: poner nombre a una emoción es el primer paso para su regulación.
- Identificar la emoción primaria.
- Evaluar si esa emoción primaria es adaptativa o no: si es adaptativa, nos servirá para guiarnos hacia la acción.
-
Una vez identificadas y
evaluadas nuestras emociones, se trata de permitir que aquellas que resultan
desadaptativas salgan y sustituirlas por
emociones adaptativas que nos ayuden a la correcta toma de decisiones.
Cuando nos damos cuenta que estamos a cargo
de la situación en la que nos encontramos, y no somos víctimas, empezamos a cambiar la imagen que tenemos de nosotros
mismos, y es cuando estamos preparados para el camino hacia el cambio.
“El hombre no está absolutamente condicionado y
determinado; al contrario, es él quien decide si cede ante
determinadas circunstancias o si resiste frente a ellas. En otras palabras, el
hombre, en última instancia, se determina a sí mismo.
El hombre no se limita a existir, sino que decide cómo será su existencia, en qué se convertirá en el minuto siguiente”. Viktor Frankl, El hombre en busca
de sentido.
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