martes, 25 de febrero de 2014

¿Te atreves a conocerte?



A lo largo de mucho tiempo hemos estado acostumbrados a considerar a alguien inteligente según su puntuación en el Cociente Intelectual (CI). Así, se habla de una única inteligencia innata que la tienes o no la tienes. Lo curioso es que muchas de las personas con un CI alto carecen, sin embargo, de otras muchas habilidades de verdadera utilidad tanto en el ámbito personal como el profesional.

Nuestra educación ha estado dirigida a tener en cuenta sólo el CI. Si tuvieramos en cuenta estas capacidades y habilidades los niños serían más felices y se desarrollarían más plenamente.

En un estudio del Instituto Carnegie de Tecnología, analizando el caso de diez mil personas, informaba que el 15% del éxito se debe a la experiencia técnica, y el 85 por ciento a las cualidades personales: conducta, integridad, observación, imaginación creadora, decisión, adaptabilidad, dirección, habilidad organizativa, expresión, conocimiento. Tales cualidades son necesarias para el buen éxito en cualquier actividad o área de la vida, no solamente en el área profesional.Y aquí es donde entra en juego nuestra Inteligencia emocional.

La Inteligencia emocional hace referencia a los procesos implicados en el reconocimiento, uso, comprensión, manejo de los estados emocionales de uno mismo y de otros para resolver problemas y regular la conducta. Dicho con otras palabras, es la capacidad de la personas para razonar sobre las emociones propias, ajenas y procesar la información emocional para aumentar el razonamiento.

Te puedes estar preguntando, ¿Qué es actuar de manera emocionalmente inteligente?
Actuamos emocionalmente inteligente cuando escuchamos el mensaje que contienen nuestras emociones y no tratamos de luchar contra ellas cuando estas resultan molestas. Cuando nos damos cuenta de esto, es cuando podemos empezar a tomar las riendas de nuestra vida y, aunque no podamos cambiar factores externos a nuestro alrededor, si que tenemos el poder de decidir cómo nos afectan emocionalmente aprendiendo a gestionar nuestras emociones y elegir nuestras decisiones. Esto no es un trabajo fácil, porque aunque en nosotros está el poder, en nosotros también está  la RESPONSABILIDAD de decidir y aceptar dichas obligaciones.

Las emociones nos aportan información sobre nuestro estado interior y nos permiten mostrar al mundo cuál es nuestro estado, nuestras necesidades, metas y deseos. Las respuestas ante estas señales que nos envían nuestras emociones son importantes, ya que no siempre corregimos lo que está mal.

Para llevar a cabo el proceso básico del conocimiento de nuestras emociones y, con ello, el desarrollo de la inteligencia emocional, según el modelo de Greenberg está compuesto por los siguientes pasos:

  • Ser conscientes de nuestras emociones: prestar atención a lo que sentimos y encontrar una forma de          describirlas.
  • Darle la bienvenida a nuestras experiencias emocionales: no tratar de evitarla o desviarnos de ella, hay que tener en cuenta que reconocerla implica una OPORTUNIDAD para recoger información que tiene que ver con lo que es importante para nuestro bienestar.
  • Describir las emociones con palabras: poner nombre a una emoción es el primer paso para su regulación.
  • Identificar la emoción primaria.
  • Evaluar si esa emoción primaria es adaptativa o no: si es adaptativa, nos servirá para guiarnos hacia la acción.
Si, en cambio, la emoción no es de utilidad, es necesario cambiarla. Reconocer que una emoción no nos ayuda es un proceso complicado que sólo nosotros podemos realizar, y en el que es necesario darnos cuenta de nuestras emociones, nuestra historia emocional y de nuestras experiencias pasadas.

-      Una vez identificadas y evaluadas nuestras emociones, se trata de permitir que aquellas que resultan desadaptativas salgan  y sustituirlas por emociones adaptativas que nos ayuden a la correcta toma de decisiones.


Cuando nos damos cuenta que estamos a cargo de la situación en la que nos encontramos, y no somos víctimas, empezamos a cambiar la imagen que tenemos de nosotros mismos, y es cuando estamos preparados para el camino hacia el cambio. 

El hombre no está absolutamente condicionado y determinado; al contrario, es él quien decide si cede ante determinadas circunstancias o si resiste frente a ellas. En otras palabras, el hombre, en última instancia, se determina a sí mismo. El hombre no se limita a existir, sino que decide cómo será su existencia, en qué se convertirá en el minuto siguiente. Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido.